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Hoy escribo este post para reconocer una discapacidad que tengo: no puedo callarme cuando alguien me dice una estupidez, por más injustificada que sea, por más carente de sustento que sea una idea, por más estúpido que sea quién la plantea, cuando alguien me dice algo no puedo no contestarle. La semana pasada tuve una fuerte discusión con una persona (mayormente por Twitter) y algunos seguidores que se sumaron. No viene al caso a qué se debe la misma, no quiero hablar de eso hoy aquí. El tema es que por algo que hice en una charla se me acusó de algo bastante feo y elegí ponerme a discutir con esta persona si lo que decía sobre mí (en este caso que era machista y fomentaba la violencia de género). Y no pude callarme, primero pedí disculpas, después intenté con el humor y finalmente terminé un poco agresivo.

Luego del incidente varios amigos (varios en serio) me manifestaron que la solución a todo hubiera sido no contestar, salir de la discusión. Y les agradezco que me lo digan y lo valoro muchísimo, pero a todos ellos le tuve que contestar lo mismo: no puedo, no me sale. O sea, no me sale porque no puedo permitir que alguien diga una pavada y no contestarle, mi forma de ser no puede, es más fuerte que yo. No puedo permitir que alguien diga que soy un hijo de puta y no contestarle, de nuevo, por más carente de fundamento que sea dicha opinión.

No se si se trata de un principio (ya dije varias veces en este blog: el problema de este mundo no es la gente mala, es la gente buena que no dice o hace nada), del defecto de que soy un calentón total o de un ideal de que con humor y diálogo los idiotas se pueden volver menos idiotas. Yo creo que se trata de todo eso junto, pero cada uno es libre de ponerme donde quiera.

Lo que sí es un hecho, es que no puedo, no le encuentro sentido a no decir lo que pienso para evitarme un problema, no se lo puedo encontrar. O sea, no voy por la vida evitando discusiones o evitando problemas, no me preocupa tanto discutir con alguien.

Alguien me diría: ahora quedaste peor. Es relativo, dos o tres personas que se hubieran creído lo que se decía de mí terminaron dialogando conmigo en privado y pude explicarles que no soy machista y que, de hecho, me repele bastante la idea. Es cierto, otras tantas no cambiaron de opinión, ¿y qué? Yo hice lo que me sale.

¿Por qué tendría que haber evitado la discusión? Si es para evitarme un problema, es relativo, desde el momento en que alguien me agrede ya tengo un problema, también lo estoy evitando si no le contesto y no dejo mi opinión.

Eso no quita que no aprendí un par de cosas en esta discusión (creo, la más fuerte discusión que he tenido en redes sociales de forma pública), unas cuantas, y hubiera cambiado varias cosas (quizás amerite otro pos), pero en ningún momento me arrepiento de haber contestado (a mi estilo, con humor, sarcasmo, lo cual lo hace más dificil a veces) y no haberme quedado callado.

Como dije alguna vez, no me molesta enojarme, puedo estar enojado y ser feliz; creo que lo mejor es poder tener estas diferencias, manifestar nuestras opiniones y en el fondo de esto, seguir eligiendo ser felices.

Se escuchan opiniones sobre este tema (hablar o no hablar), comentarios sobre si soy o no machista, serán eliminados automáticamente. 🙂

Vivimos tiempos complicados, especialmente en países tercermundistas donde gente joven como uno (chan) tiene que remarla años y años hasta poder mantenerse, poder comprarse un auto o hacer un buen viaje, ni hablar de poder comprarse un departamento/casa (si no me equivoco no conozco gente de clase media que haya podido hacerlo solo a base de salarios y sin ayuda familiar). Si salimos de lo económico, todo es aún más cuesta arriba, las amistades cada vez más superficiales, el amor cada vez más liquido (Bauman copyright) y difícil de encontrar. Y así se ve a muchos jóvenes desganados, tristes, ansiosos, depresivos, etc. Bueno, sobre este tema el otro día me encontré con una imagen que resume muy bien lo que a uno le pasa en la vida bastante seguido:

Plans

Qué linda imagen, ¿no? Esto ocurre todo el tiempo: uno hace planes pensando que el camino será sencillo y después la vida se encarga, de alguna u otra forma (o a veces de todas las formas posibles), de hacerlo complicado. ¿Cómo vivir con ello? En esta linea, entiendo yo que aparecen distintas filosofías para seguir adelante.

Una más religiosa o de fé, por algo las cosas son como son, diosito o alguna fuerza mayor quiso que fueran así y eso es bueno, no sabemos muy bien por qué pero eso es bueno. Es una, hay que reconocer que mucha gente está parada aquí mismo (cada vez menos) aunque tengo mis serias dudas si es porque funciona o porque es la más popular o sencilla de pararse. No creo en dios pero tampoco he visto grandes efectos de esta creencia para encontrar la paz en la vida ni me cierra la idea de que todo lo malo “por algo será”.

Otra visión más esotérica o energética o como se pueda decirlo, va a algo que parece ser más pragmático: todo lo malo que ocurre nos ayuda a disfrutar lo bueno. Es decir, el hecho de que el camino sea dificil hace que disfrutemos aún más la llegada. Basura en colores. Dame todo servido, dame un trabajo estable, al amor de mi vida, algún techo y salud de la forma más fácil posible, y te aseguro que la voy a disfrutar. Lo veo medio consuelo de tontos esto.

Yo me voy a parar un paso más arriba en el pragmatismo: la vida no es fácil, la vida para la mayoría de los mortales es algo muy difícil. ¿Y qué? O sea, no podemos cambiarlo, la vida está así, en el mejor de los casos podemos ayudar a que cambie para un futuro, pero difícilmente para nosotros. ¿Y qué? Acá estamos viejo, hay que vivir (o no, pero este post es para aquellos que descartamos el suicidio y buscamos la felicidad en esta vida). No creo que las cosas difíciles tengan un sentido religioso ni mucho menos que me ayuden a disfrutar mejor los logros. Creo que es así, y punto. Que el mundo está tan retorcido que es poco probable que las cosas nos sean fáciles.

Sin embargo, la idea de que ese camino difícil hace nuestra felicidad imposible también es basura. La felicidad no pasa por ahí viejo. La felicidad es algo muy interior, es una decisión que tomamos la de ser felices. Así. Una decisión.

La vida me ha puesto el camino difícil unas cuantas veces en estos años, incluso a veces se le fue la mano. Sufrí. Mucho. Pero nunca dejé (o al menos eso intenté siempre) que eso afecte mi felicidad. Uno puede sufrir y ser feliz. Se puede. Uno puede ser un tipo feliz pero ponerse triste cuando le pasa algo malo, mal humorarse un poco cuando tenemos un mal día o enojarnos cuando el mundo complota contra nosotros.

Pero de nuevo: no dejen que eso llegue a lo profundo de su alma, no dejen que ningún camino difícil afecte su felicidad. O peor aún: si están esperando que se les allane el camino para ser feliz, se van a morir esperando señores. Y entonces, asumiendo el hecho de que el camino es y será difícil, es donde ser feliz pasa a ser una decisión. Si el camino es siempre dificil y hay gente que es feliz, ¿por qué yo no puedo serlo? ¿En serio pensás que la gente es más feliz que vos porque el camino fue más fácil? Aunque es lógicamente imposible, cualquier persona en el mundo (en el sentido figurativo de “la mayoría de la gente en este mundo”) podrá encontrar a alguien que tuvo más dificultades y aún así logró ser feliz.

Entonces, ¿vas a seguir perdiendo el tiempo buscando excusas para ser feliz?

Cierro el post con una dos frases muy relacionadas a esto que me fui encontrando las últimas semanas, la primera cuyo autor desconozco y la segunda de Winston Churchil que encontré en el Twitter de @santisiri en forma de imagen:

“Ser feliz es fácil, lo dificil es darse cuenta”.

Tenemos que aprender a ser felices en este mundo difícil, dejemos de buscar explicaciones y sobre todo…

simple.

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El mundo está lleno de idiotas, aclarémoslo y por favor, si me van a venir a discutir esto, quiero argumentos sólidos, el único acá que puede afirmar sin justificarse soy yo porque es mi blog. Pero bueno, hoy me quiero referir a un tipo de idiota en particular, y es el tipo que no sabe discutir. O sea, ya no digo que no saben dialogar, digo que ni siquiera están preparados para tener una discusión porque en su paradigma mental la idea de compartir opiniones y argumentos no existe. Este tipo de idiota es una lacra, ya que se limita solo a agresiones de cancha de fútbol pero nunca puede construir o al menos destruir con argumentos una idea. Para ejemplificar a este tipo de idiotas, nada mejor que mostrarles a uno que comentó en mi blog hace unos días.

Resulta que hace un tiempo escribí un post que se llama “¿Virus o malware?“, donde básicamente describo las diferencias entre los distintos tipos de código maliciosos con el ánimo de aclarar un poco por qué quienes trabajamos en seguridad (o la industria antivirus en particular) usamos términos como “malware” o “códigos maliciosos” y preferimos evitar el tan usado “virus”. Nada, un post relativamente técnico desde el punto de vista que aclarar un tecnicismo conceptual sobre amenzas informáticas. Entonces, aparece un muchacho que me comenta que estoy mal, pero que “es un buen intento de justificar algo que no es cierto“. Eso era el comentario, que estoy mal y que estoy diciendo algo que no es cierto. Yo que sé, debería haberme calentado en ese momento pero como entiendo que en el mundo informático todos se creen que se las saben todas, preferí darle una respuesta, no te digo amistosa, pero sí generar el espacio para que me cuente por qué puso lo que puso…

comment

Yo no tengo problemas en discutir, menos aún que discrepen conmigo en los comentarios (¡sería tan aburrido!) y mucho menos aún que todo lo que digo conforme a todo el mundo, más teniendo en cuenta que no me guardo tanto mis opiniones sino que retomé el blog hace unos meses justamente con esa idea. Es más, yo también cada tanto leo post y me “enojo” con quien lo escribe y me dan ganas de dejar un comentario “agresivo” pero SIEMPRE lo acompaño de por qué considero que el autor está equivocado.

En fin, señores, el mundo está yendo de idiotas que son muy rápidos para agredir pero muuuy lentos para discutir.

Hay pocas cosas que me hagan calentar tanto como la estúpida y miserable idea de que el pobre es pobre porque quiere. Y de los mismos autores, hay gente que cuando ve a alguien limpiando autos en una esquina o pidiendo una moneda en la calle, justifica ignorar a estas personas bajo el lema “si querés plata, andá a trabajar”. Hay una idea en ese facho inconsciente colectivo que tenemos los argentinos que el que está en la calle pidiendo dinero, es un vago. ¿Es esto así? ¿Alguna vez pensaste algo así? Entonces, esta oferta es para vos.

Tomate un día de licencia a ese trabajo hermoso que tenés, parate en una esquina, bajo el sol, el frío, el calor, lo que fuera; y cada vez que se ponga el semáforo en rojo empezá a pasar entre los autos pidiendo dinero. Bancate cada uno que te ignora y seguí adelante, porque no sos un vago. Aguantate los que cierran la ventana por miedo a que les robes, no te desmotives, no seas vago. Y seguí así, 4 horas, 5 horas, 6 horas. Y después, cuando llegues a tu casa probablemente cansado, agotado, entre otras cosas, contame si eso es para un vago o para alguien que no tiene otra cosa que hacer.

Y lo digo en serio, relee lo que puse arriba. Imaginate un día entero en una esquina pidiendo monedas, todo el día. No digo que no estaría mejor que no estén ahí, que tengan un trabajo, bla bla. Lo que digo es si realmente pensás que eso es para un vago. Si pensás que alguien que no quiere ganarse unos pesos se pararía todo el santo día en una esquina a hacer eso. Por eso te invito a hacerlo, a ver si te parece que es para un vago. A ver si te la aguantás.

Otro día vamos a hablar de los ricos vagos, un tema aparte. Los legisladores que no van a trabajar, aquellos que viven de la renta financiera y se la pasan jugando al golf. Esos no son vagos, porque tienen plata. Y el que tiene plata no puede ser vago, es imposible. Ahora, el pobre, por más que labure, es vago. Así funciona nuestro algoritmo mental facho.

En fin, cada dos por tres en las esquinas bajo el vidrio y les dejo unas monedas a los muchachos que piden y el otro día, así en un flash, me imaginé haciendo ese trabajo y cuán cansador sería. Seguro no es para vagos. Es fácil putear y buscar frases que nos quitan responsabilidad y nos distancian de la pobre gente que está haciendo lo que puede para ganarse una moneda, para comer. Pensar, ya es un poco más difícil. Ponerse en el lugar del otro, a veces, imposible.

Este texto está dirigido a todos aquellos que alguna vez en su vida han dicho “no me interesa la política”, “odio la política” o han dicho con orgullo que los temas de la agenda política no les interesan. La semana pasada les contaba mi interacción con diputados de la nación, y me idea era continuar un poco charlando algunos temas políticos. Se acercan las elecciones y estamos en un momento de mucho debate. Cuando se acercan las elecciones se escuchan en la tele algunas encuestas que marcan la cantidad de indecisos que hay a pocos días (incluso pocas horas) de las elecciones. Hace poco escuchaba que un porcentaje muy alto de los votantes decidió su voto el mismo día de las elecciones. A ellos, a ustedes quizás, va dirigido este post y este poema que leí hace muchos años y que siempre “lo llevo conmigo”.

Se que en muchos casos no es de mala intención, que querrán decir que no les interesa el partidismo político, por decirlo de alguna forma, pero la política va más allá de una discusión si te gusta tal partido u otro, tal político u otro. Si te pregunto qué opinás del aborto, estamos hablando de política. Y también lo estamos haciendo si charlamos cómo se terminaría la violencia en la calle, o en las canchas; o cómo nos jode la inflación, o cualquier otra cosa que nos rodea. Eso es la política: tus valores y cómo los aplicarías en la “realidad”. De alguna u otra forma, de eso se trata.

Desde que tengo uso de razón y algo de opinión política, veo cómo han primado en muchos grupos sociales la idea de que “de política (y religión) mejor no hablar”. Mejor hablar de temas banales, del clima, de fútbol (a veces es más dificil que hablar de religión), de cine, y bla bla bla. Pero por favor, no hablemos de política. No seamos tan locos de contarnos qué opinamos sobre el mundo que nos rodea y cómo podría ser mejor.

Más allá de que atrás de eso también se esconde nuestra intolerancia (no queremos escuchar las ideas de los demas), muchas veces a la larga eso también termina repercutiendo en que muchas veces siquiera tenemos opinión. Porque es así eh. Y de nuevo, hablo de opinión política. No si me cae bien o mal un político. ¿Podés contestar estas preguntas? ¿Tenés una opinión al respecto? Digo, por citar solo algunos ejemplos de cosas de las cuales, creo, sería bueno tengas una opinión: ¿la educación debería ser pública o privada? ¿qué opinás del IVA, es un impuesto justo o injusto? ¿te parece que los trapitos son unos ladrones cobrando por un servicio que debería ser gratuito? ¿cuánto deberían ganar un docente? ¿y un policía? ¿qué opinás de la eutanasia? ¿te parece bien el cepo al dólar? ¿los empleados de servicios públicos deberían poder hacer paro?

Si no tenés opinión sobre la mayoría de estos temas, este post es para vos. O mejor dicho, este poema.

¿Saben cuál es la diferencia entre un artista y un blogger? Que yo lo digo como puedo, en cientos de palabras, y un artista lo dice de forma breve y excelente. Por eso, más allá de mis ideas, todo lo que quería decirles ya lo dijo hace muchísimos años Bertold Bretch. Con ustedes y para ustedes, el analfabeto político, de Bertold Bretch:

El analfabeto político
El peor analfabeto
es el analfabeto político.
Él no oye, no habla
ni participa en los acontecimientos políticos.
No sabe que el costo de la vida,
el precio de los frijoles, del pescado,
de la harina, del alquiler, del calzado
y de las medicinas
dependen de las decisiones políticas.
El analfabeto político es tan animal
que se enorgullece e hincha el pecho
al decir que odia la política.
No sabe el imbécil que
de su ignorancia política proviene
la prostituta, el menor abandonado,
el asaltador, y el peor de los bandidos,
que es el político aprovechador,
embaucador y corrompido,
lacayo de las empresas nacionales y multinacionales.

Bertold Brecht